Juana de Arco

Juana de Arco

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Algunos de entre aquellos soldados empezaron a darse cuenta de que Juana, a pesar de su ignorancia militar, estaba dotada de extraordinario sentido práctico, y que, pese a su encanto y dulzura de carácter, no era un tipo de persona con la que se pudiera andar jugando. Tal como ella dijo, Dios enmendó el fallo y, con su gracia, el viento cambió. La flota de barcos de auxilio, con provisiones y ganado, pudo llevar el socorro a la hambrienta ciudad y el problema quedó zanjado. Entonces, Juana continuó hablando con el Bastardo:

—¿Veis este ejército que nos acompaña?

—Sí.

—¿Y ha tomado posiciones en esta orilla del río siguiendo instrucciones de vuestro Consejo?

—Sí.

—Entonces, ¡por Dios!, podría aclaramos ese Consejo qué diferencia hay entre que estemos aquí o en el fondo del mar.

Dunois hizo vanos esfuerzos por explicar lo inexplicable y excusar lo inexcusable, pero Juana le cortó secamente, diciendo:

—Contestadme a esto, buen caballero: ¿nos sirve para algo nuestro ejército en este lado del río?

El Bastardo contestó que no… por lo menos a la vista del plan de campaña que ella había trazado y ordenado.


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