Juana de Arco

Juana de Arco

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—¡Mirad, ahora sonríe! Se ha quitado su sombrero emplumado para saludar a alguien… ¡Qué graciosa y delicada es! ¡Ahora está acariciando a aquella mujer! ¡Fijaos qué bien monta a caballo! ¡Está besando al niño que le presenta la madre! ¡Es hermosa! ¡Qué figura tan elegante y que rostro tan lindo!…

La airosa y alargada bandera de Juana que flotaba hacia atrás sufrió un percance, al prenderse la orla con una antorcha. Ella se inclinó y apagó el fuego con la mano.

—Mirad, ¡no le da miedo el fuego ni nada! —gritaron, entre una tempestad de aplausos entusiastas que lo conmovieron todo.

Cabalgó hasta la catedral, donde dio gracias a Dios, mientras la gente, desde la plaza, se unía a la oración. Luego, reemprendieron la marcha caminando entre el bosque de antorchas hasta la casa de Santiago Boucher, tesorero del Duque de Orleáns, cuya esposa atendería a Juana durante su estancia en la ciudad, ayudada por su hija, que sería compañera ideal por su juventud y bondad. El delirio del pueblo se prolongó toda la noche, como también el sonido de campanas y las salvas de cañón, que daban la bienvenida. Juana de Arco había subido al escenario y, por fin, se disponía a actuar.


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