Juana de Arco

Juana de Arco

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Acabados los preparativos para el regreso, tomó al Bastardo, a La Hire y a mil hombres, dirigiéndose con ellos hacia Orleáns, donde la gente ardía en impaciencia por conocerla de cerca. A las ocho de la noche se detuvieron ante la puerta de Borgoña, con el Paladín en primer lugar, enarbolando al estandarte de la Doncella, que montaba un caballo blanco, y llevaba en la mano la espada santa de Fierbois. El cuadro era impresionante. El mar negro y encrespado de la multitud, estrellado por el firmamento de antorchas, se agitaba con las mareas rugientes de brazos y voces de bienvenida, flotando bajo el sonido de campanas al vuelo y el tronar de los cañones. Aquello parecía el fin del mundo. La luz de las antorchas mostraban miles de rostros blanquecinos y bocas gritando, con lágrimas incontenibles. La figura de Juana se abría paso con dificultad a través de sólidas masas humanas, elevándose por encima del mar de cabezas como una estatua de plata. Las gentes pugnaban por acercarse a ella, contemplándola entre lágrimas como si vieran un ser sobrenatural, intentando, los más próximos, besar sus pies.

Ni un solo gesto de Juana pasaba inadvertido. Todo lo que hacía era celebrado y comentado.



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