Juana de Arco

Juana de Arco

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Mientras, los que formábamos parte de la escolta personal de Juana estábamos encantados en Orleáns, aguardando la llegada del ejército. Hacíamos intensa vida social. Para nuestros dos caballeros esto no era ninguna novedad, pero los jóvenes aldeanos, como nosotros, disfrutábamos de aquella maravillosa situación. Cualquier puesto, de la clase que fuere, próximo a la Doncella, otorgaba gran categoría a la persona y le granjeaba amistades que buscaban su compañía. Así, los hermanos de Arco, Noel y el Paladín, humildes campesinos en su pueblo, se convirtieron allí en caballeros influyentes. Resultaba curioso cómo perdían sus costumbres toscas, en contacto con aquel nuevo ambiente. El Paladín era el hombre más feliz de la tierra. Su lengua no paraba y cada día le gustaba más escucharse a sí mismo. El número de sus ascendientes aumentaba y sobre ellos distribuía, a derecha e izquierda, títulos de nobleza, hasta que casi todos ellos terminaron en duques. Adornó de nuevo sus batallas y las rodeó de esplendores, añadiendo peligros al entrar en funciones de artillería. Y eso que fue en Blois cuando vimos por vez primera un cañón. Aquí en Orleáns había muchos y de vez en cuando los veíamos en acción, cuando desde alguna fortaleza inglesa disparaban con gran estruendo y lanzando llamaradas de fuego rojo entre el humo negro. Al presenciar estas escenas, la imaginación del Paladín se desbocaba y le inspiraba aquellos relatos de emboscadas y escaramuzas que ninguno de los testigos de ellas hubiéramos logrado reconocer. Aunque tal vez existía otro motivo de inspiración para los relatos de El Paladín. Era la hija de la señora donde se hospedaba Juana, Catalina Boucher, que, a sus 18 años, era una joven hermosa, amable y delicada. Quizá habría podido resultar tan bella como la misma Juana si hubiera tenido unos ojos comparables a los de ella. Pero nunca habría nada semejante a los ojos de Juana. Eran profundos y serenos, maravillosos, que hablaban todos los idiomas, no hacían falta las palabras. Bastaba con una ojeada para que el embustero confesara su mentira, el orgulloso reconociera su actitud y se volviera humilde, el cobarde se hiciera valiente, las pasiones y odios se apagaran, los desesperados recobraran la esperanza, las mentes impuras, la limpieza, una mirada capaz de persuadir… ¡Ah! Esa es la palabra. ¿A quién no podrían convencer los ojos de Juana? ¿Al reverendo Fronte, el día que expulsó a las hadas del Árbol? ¿Al pobre loco de Domrémy? ¿A los teólogos del tribunal de Toul? ¿Al dubitativo y desconfiado tío Laxart? ¿Al obstinado gobernador de Vaucouleurs? ¿Al abúlico heredero de Francia? ¿A los sabios de la Universidad de Poitiers? ¿Al violento La Hire? ¿Al indómito Bastardo de Orleáns?… Estos eran algunos de los éxitos alcanzados por el maravilloso don de convicción que emanaban los ojos de la Doncella, y la convertían en la sugestiva y extraordinaria persona que era.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker