Juana de Arco
Juana de Arco El Paladín nos hizo sentirnos celosos desde el principio. No tardó en lanzarse a describir una de esas batallas suyas, acaparando a la joven completamente. Aquella gente vivía sumergida en el ambiente de guerra desde hacía siete meses, de modo que las imaginarias hazañas de aquel ruidoso gigante les divirtieron hasta límites insospechados. Catalina se mostraba entusiasmada. No reía ruidosamente, pero se estremecía, dominando la risa. Una vez el Paladín hubo terminado con su primera batalla, y teníamos esperanza de cambiar de tema, la joven con voz suave y persuasiva, pidió que le ampliara ciertos detalles que, al parecer, le interesaron especialmente. De nuevo nos vimos envueltos en el fragor de la batalla, escuchando un centenar más de mentiras que había omitido en la anterior. No puedo describir la indignación que me embargaba. Nunca me sentí tan celoso, y me resultaba intolerable que Paladín tuviera tanta suerte, mereciéndola tan poco. Mientras, yo me encontraba solo, suspirando por un gesto amable de los muchos que la joven le dedicaba al parlanchín. Como estaba junto a ella, intenté varias veces contar lo que yo hice, de verdad, en aquellos combates, pero mis palabras parecían interesarle mucho menos que las de Paladín: no lograba hacer que me escuchara. Luego, me di cuenta de que, debido a mis interrupciones, la joven debió perderse algún episodio y le rogó que lo repitiese, con lo cual asistí consternado a nuevas matanzas falsas, que me humillaron hasta hacerme desistir de mis intentos.