Juana de Arco

Juana de Arco

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—¿Quién es ése al que lleváis atado?

—Un prisionero, mi general.

—¿De qué se le acusa?

—Es un desertor.

—¿Qué vais a hacer con él?

—Será colgado, pero no es prudente hacerlo durante la marcha. No hay prisa.

—Contadme lo que ha hecho.

—Es un buen soldado, pero solicitó permiso para acudir a ver a su esposa, que se estaba muriendo, según dijo. No se lo concedieron. La marcha comenzó y hasta ayer noche no volvió a unirse a la columna.

—¿Se reunió con vosotros? ¿Vino por su propia voluntad?

—Sí, vino voluntariamente.

—Entonces no es un desertor. ¡Válgame Dios! Traédmelo.

El oficial cabalgó hacia adelante, desató los pies del preso y lo condujo con las manos atadas. Era un gran tipo, de siete pies y robusta complexión. La expresión de su rostro era dura, con abundante pelo negro que se vio cuando el oficial le quitó el gorro. Llevaba una afilada hacha de gran tamaño en su correa de cuero. Colocado de pie ante el caballo de Juana, la hacía parecer a ella todavía más menuda. Con su gesto melancólico, parecía haber perdido todo interés por la vida. Juana le dijo:


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