Juana de Arco
Juana de Arco Nos pusimos en marcha a las cinco en punto y, entre seis y siete, nos encontramos con el ejército de Dunois cuando se acercaba a unas cuantas leguas de la ciudad. Dunois se alegró al vernos, pues los soldados empezaron a flojear al saber que se acercaban a las temidas fortalezas inglesas. Pero el miedo se esfumó al correr la voz de que la Doncella estaba junto a ellos. Dunois le rogó que pasara revista a las tropas, con el fin de que los hombres comprobaran por sí mismos que la noticia era cierta y no un truco para elevar su ánimo. Así que se situó a un lado del camino con su escolta y los batallones pasaron desfilando, aclamándola entre vítores. Juana llevaba su armadura, excepto el casco, substituido por el sombrero de terciopelo, adornado graciosamente con plumas blancas, el mismo regalado por la ciudad de Orleáns y con el que está retratada en el cuadro existente en el «Hôtel de Ville» de Rouen. Aparentaba unos 15 años. Al contemplar a los soldados, se emocionaba y el color subía a sus mejillas, aumentando su belleza que no parecía de este mundo. En todo caso, había algo en Juana que la elevaba por encima de los seres humanos que la rodeaban.
En uno de los carros que formaban el convoy de abastecimientos, vio a un hombre acostado sobre la espalda y atado de pies y manos. Juana hizo una seña al oficial que mandaba la división, le rogó que se acercara y después le preguntó: