Juana de Arco
Juana de Arco —Os habéis portado bien y os doy las gracias. Es posible que hayáis evitado un desastre. Vuestro nombre y el servicio que habéis prestado recibirán mención oficial.
El Paladín se inclinó profundamente, y al levantarse había aumentado su estatura. Al pasar junto a mí, se llevó la mano al extremo del ojo y murmuró: «¡Oh lágrimas! ¡Oh tristes lágrimas! ¡Citado en la orden del día! ¡Mención personal al Rey, ya veis!».
Me habría gustado que Juana comprobara su villanía, pero estaba ocupada planeando la operación. Me envió a buscar al caballero de Metz, y poco después éste salía hacia los cuarteles de La Hire con órdenes destinadas a él y a el caballero de Villars y Florent d’Illiers, rogando se presentaran ante la Doncella a las cinco de la madrugada siguiente, acompañados por cien hombres con picas y buenas cabalgaduras. La historia dice que fueron convocados a las 4,30, pero no es cierto: yo oí pronunciar la orden.