Juana de Arco
Juana de Arco El Paladín paseaba por la ciudad todo el día, siendo admirado por la gente que susurraba admirada: «¡Sssh! ¡Mirad!, es el abanderado de Juana de Arco»… Hablaba con los transeúntes de cualquier clase y condición y se enteró, a través de unos barqueros, que en las fortificaciones del otro lado del río se percibían muestras de actividad desusada. Así que al anochecer hizo pesquisas y encontró a un desertor de la fortaleza llamada «Los Agustinos», el cual le informó que los ingleses, al amparo de la noche, iban a enviar soldados para reforzar las guarniciones de nuestro lado del río y estaban alborozados con el plan, consistente en atacar por sorpresa al ejército de Dunois, destruyéndolo en el momento en que cruzara delante de las fortalezas. La cosa era —según los ingleses— fácil de hacer, ya que «La Bruja» no estaría presente y sabían que, sin ella, el ejército se comportaría como todos los soldados franceses: arrojarían sus armas al suelo al vislumbrar el primer rostro inglés.
Eran las diez de la noche cuando el Paladín, portador de estas noticias, solicitó permiso para hablar con Juana. Lo vi todo, pues me encontraba de guardia en esos momentos. Fue muy triste para mí comprobar la gran oportunidad desperdiciada. Juana mandó comprobar la veracidad de las noticias y al ver que eran ciertas hizo a Paladín una alabanza molesta para mí: