Juana de Arco

Juana de Arco

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Así fue como encontramos al «Enano». Un buen hombre al que Juana escogió por su aspecto de bondad. No se equivocó. Nadie hubo más fiel que él. Se convertía en un demonio cuando le dejaban suelto en el combate con su hacha. Era tan corpulento, que dejaba chico al Paladín. Le gustaba la gente, por lo que él también les gustaba a los demás. Tanto nosotros, los muchachos, como los caballeros, le fuimos simpáticos desde un principio. Pero estimaba más un recorte de la uña de Juana, que a todo el resto del mundo junto.

Sí. Así fue como lo encontramos. Tendido sobre un carro y en camino hacia la muerte. Pobre diablo, sin que nadie dijera una sola palabra en su favor. Fue un buen hallazgo. Con el tiempo, le llamaban, a veces, «la Bastilla», la fortaleza, otras «Fuego del infierno», por su espíritu fogoso en la batalla. Estos motes mostraban el cariño que los demás le profesaban.

Para «el Enano», Juana era Francia, el espíritu de Francia hecho persona. La idea, que se apoderó de él desde el principio, nunca le abandonó. Y, además, tenía razón. Sus ojos humildes comprendieron algo que otros no vieron. Cuando los demás veían a Juana, él estaba seguro de contemplar el espíritu de Francia bajo su graciosa forma juvenil.


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