Juana de Arco

Juana de Arco

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Una vez recobrada la normalidad, Juana se colocó a la cabeza de la columna. Al cabo del tiempo, nuestro ejército se acercó a los fortines o «Bastillas» levantadas por el enemigo. Al pasar ante ellas, pudimos contemplar a los soldados en armas, junto a sus cañones, dispuestos a sembrar de muerte nuestras filas. Me sentí desfallecer con tal intensidad que los objetos se borraban de mi vista. Lo mismo les sucedía a mis camaradas más jóvenes, incluido el Paladín. Pero Juana estaba a sus anchas… Casi en el Paraíso, diría yo. Se levantó en la silla y comprobé que estaba entusiasmada. El silencio era imponente. El único ruido era el crujido de los estribos y de las sillas de montar, los pasos lentos y el resoplido de los caballos, molestos ante las nubes de polvo que levantaban con sus cascos.

Me entraron ganas de estornudar, pero debía controlar el impulso, si no quería llamar la atención y atraerme las iras de mis compañeros. Si hubiera tenido categoría para hacer alguna indicación, mi criterio habría sugerido la posibilidad de caminar más rápido, con el fin de acabar antes nuestro cometido. Me parecía una pérdida de tiempo lamentable marchar al paso.




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