Juana de Arco

Juana de Arco

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—Oh, Juana, eres una niña extraordinaria. Tu gesto de humildad no sé si merece quedar inmortalizado en un cuadro, pero lo has hecho con espíritu recto y bueno. De eso doy fe.

A continuación, cepilló las cenizas de su cabello y la ayudó a limpiarse la cara y el cuello, recobrando su aspecto aseado.

El sacerdote estaba satisfecho al ver la actitud de Juana, y al comprobar que se había calmado, volvió a tomar asiento, atrajo a la niña a su lado y le expuso nuevos argumentos.

—Juana, allí en el Ãrbol de las Hadas, acostumbrabais a trenzar guirnaldas todos los niños, ¿no es así?

Este era el modo de hablar del sacerdote siempre que nos enseñaba o intentaba convencernos de algo. Un tono amable y como indiferente que nos dejaba perplejos, ya que no acertábamos a saber cuáles eran sus verdaderos propósitos. Lo más probable es que intentara convencer a Juana sobre la verdad respecto al asunto que estaban debatiendo. Juana, respondiendo a su pregunta sobre las guirnaldas, contestó:

—Sí, padre.

—Y, después ¿las colgabais en el árbol?

—No, padre.

—Pero, cómo, ¿no las colgabais? Insistió el sacerdote.


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