Juana de Arco

Juana de Arco

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Fue dejando detrás a los soldados muertos, y cuando la victoria fue nuestra, le rodeamos, permitiéndole remontar la escala con el cuerpo herido de Juana, como se lleva un niño, y la puso a salvo del fragor de la batalla. Una multitud ansiosa nos seguía, al ver a Juana cubierta de sangre de pies a cabeza, parte suya y parte de sus enemigos, de modo que apenas se distinguía el color de la armadura.

El dardo de hierro continuaba en el hombro. Alguien dijo que la había atravesado y se veía por la otra parte. No lo sé, ni tampoco quise verlo. Al sacarle la punta, el dolor la hizo sufrir de nuevo. Hay quien dice que se lo arrancó ella misma, en vista de que nadie se atrevía a hacerlo, temiendo verla sufrir. No estoy seguro. Pero, al fin, extraído el dardo, le curaron la herida, le pusieron aceite, y se la vendaron cuidadosamente. Juana descansaba en el suelo, débil y enferma, una hora tras otra, animándonos a continuar la lucha. Así lo hicimos, pero sin los resultados apetecidos, pues sólo en su presencia los soldados se convertían en héroes que no conocían el miedo. Les ocurría como al Paladín, capaz de asustarse hasta de su propia sombra, pero que se transformaba bajo la mirada de Juana en un valeroso guerrero.

Llegada la noche, Dunois decidió detener el combate. Juana oyó los clarines.

—¡Pero, cómo! —gritó—. ¡Tocan retirada!


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