Juana de Arco
Juana de Arco El Rey no pareció enfadarse, al contrario, se rio abiertamente y el resto de la corte rio también, aunque procurando disimular. La Tremouille, encolerizado, se disponÃa a hablar airadamente, pero el Rey hizo un gesto con la mano y le detuvo, diciendo:
—Vamos. Tomo a Juana bajo mi real protección. Además, ha dicho la verdad. La verdad pura y simple. ¡Qué pocas veces la oigo! Con todo este aparato cortesano, y resulta que soy poco más que un magistrado. Después de todo, un pobre y raÃdo magistrado, que manda sobre dos acres de terreno. Y vos, sois un simple condestable —y volvió a reÃr cordialmente—. Juana, mi noble, mi honrado general, ¿queréis pedirme vuestra recompensa? Os daré tÃtulos de grandeza. Tendréis como cuarteles en vuestro escudo de armas, la corona y los lirios de Francia, y con ellos, vuestra espada victoriosa para defenderlos. Basta con que me digáis una palabra.
Se produjo un rumor de sorpresa y envidia entre los concurrentes, pero Juana movió su cabeza negativamente, y dijo:
—Perdonadme, querido y noble DelfÃn, pero no puedo. El que me hayáis permitido luchar por Francia y dedicarme a su defensa, supone ya una recompensa tal, que nada mejor deseo en la vida. Nada. Concededme la única recompensa que os he pedido, la más querida por mÃ, el más elevado de vuestros dones: venid a Reims y recibid allà vuestra corona. Os lo pediré de rodillas.