Juana de Arco

Juana de Arco

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El Rey puso la mano en el brazo de Juana y se percibió en su voz un latido de valentía y en sus ojos una mirada de fuego varonil que parecía apagado:

—No, no… Sentaos, doncella. Me habéis convencido. Será lo que vos…

Sin embargo, en ese momento, una señal de aviso hecha por el primer ministro cortó la frase del Rey, el cual, para gran alivio de la corte, añadió:

—Bueno, bueno, pensaré en vuestra petición y ya decidiremos… ¿Os satisface esto, mi impulsivo soldadito?

La primera parte de la frase real hizo brillar un destello de luz en el rostro de Juana, pero las palabras finales la dejó sumida en la tristeza y las lágrimas acudieron a sus ojos. Y, de repente, como impulsada por algún sentimiento de terror, exclamó:

—Hacedme caso. ¡Os lo suplico! ¡Tenemos muy poco tiempo!

—¿Muy poco tiempo? —preguntó el Rey.

—Solamente un año… no viviré más que un año.

—Vamos, chiquilla, en ese vigoroso cuerpecito quedan todavía unos buenos cincuenta años de vida.


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