Juana de Arco
Juana de Arco —Os equivocáis, Majestad. Con toda seguridad, dentro de un año escaso, mi vida llegará a su fin. El plazo es corto. ¡Es tan corto! El tiempo vuela, y ¡queda tanto por hacer! Atended mi ruego rápidamente. Es la vida o la muerte para Francia.
Hasta aquellos frÃvolos cortesanos quedaron afectados al oÃr las palabras de Juana. El Rey se mostró muy serio y grave, fuertemente impresionado. Sus ojos brillaron con resplandores de fuego. Se levantó, sacando su espada de la funda y luego la hizo descender sobre el hombro de Juana y dijo:
—Eres tan sencilla, tan sincera, tan grande y buena que con este espaldarazo te uno a la nobleza de Francia, justo el lugar que te corresponde. Y a través tuyo extiendo este privilegio a toda tu familia y a todo tu linaje, a todos tus descendientes nacidos en el matrimonio, y no sólo por vÃa varonil, sino también por la femenina. ¡Y todavÃa más! Para distinguir a tu casa y honrarla sobre todas las demás, añadimos otro privilegio, nunca concedido antes de ahora en la historia de nuestros dominios: que las mujeres de tu lÃnea conserven la capacidad de ennoblecer a sus esposos cuando éstos fueran de rango inferior.
Envidia y asombro causaron las palabras del Rey en los asistentes al acto. El Rey dejó de hablar y observó los murmullos con evidente satisfacción, y continuó, diciendo: