Juana de Arco
Juana de Arco Creo que estuvimos a punto de perder a nuestro corpulento porta-estandarte aquel día, a no ser por la intervención del aún más corpulento «Enano», que lo libró del peligro cuando lo hirieron. Perdió el sentido y cayó al suelo, de modo que nuestros propios caballos le habrían ocasionado la muerte, si el «Enano», rápidamente, no lo hubiera rescatado del tumulto, arrastrándolo lejos del peligro, hacia la retaguardia, donde lo dejó a salvo. Unas horas después ya estaba otra vez recuperado, volviendo a ser el mismo de siempre. Pronto le vimos feliz y orgulloso, alardeando de su herida entre fanfarronadas, como lo que era: un ingenuo niño grande. Nos aclaró que fue derribado por una piedra de catapulta del tamaño de la cabeza de un hombre. Por supuesto que la piedra fue creciendo de grosor. Al cabo de un rato, resultaba que le había caído encima todo un edificio.
—Dejadle —indicó su amigo Noel Rainguesson—. No interrumpáis sus progresos y veréis como mañana será una catedral.
Noel pronunció estas palabras en voz baja, para que no le oyera. Y, en efecto, sus previsiones se cumplieron: al día siguiente la causa de sus heridas fue una catedral.