Juana de Arco

Juana de Arco

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Mientras, en los fosos, las tareas se multiplicaban. Las almenas estaban cubiertas de soldados que arrojaban avalanchas de piedras enormes contra nosotros. Había un gigantesco inglés que nos estaba infringiendo él sólo más pérdidas que entre doce de los suyos. Cerraba los espacios más favorables para el asalto y lanzaba mortíferas piedras con tal pericia que cada impacto suyo aplastaba hombres y destruía escalas con irritante facilidad. Y lo peor de todo eran las risotadas que salían de su boca al comprobar los destrozos que causaba entre nuestros soldados. Pero el duque D’Alençon decidió acabar con el gigante. Fue en busca del famoso artillero Juan de Lorraine y le ordenó:

—Afinad vuestro cañón y eliminadme a ese demonio.

Lo consiguió del primer disparo. Hizo impacto en el pecho y lo derribó hacia atrás, dentro de la ciudad.







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