Juana de Arco
Juana de Arco Pero la resistencia era tan ruda y tenaz, que empezó a cundir el desánimo entre los nuestros. Al darse cuenta, Juana, precedida por su grito de guerra, descendió al foso; ayudada por el Enano y seguida valerosamente por el Paladín con el estandarte, comenzó a ascender por una de las escaleras. Una gran piedra lanzada desde arriba, se estrelló contra su yelmo y la hizo caer de nuevo al foso, herida y sin conocimiento. Aquello sólo duró un momento. El Enano, la puso en pie y ella, inmediatamente, comenzó a subir hacia las almenas, animando a los demás:
—¡Al asalto, amigos, al asalto! ¡Los ingleses ya son nuestros! ¡Esta es la hora señalada!
Al verla tan cerca, los hombres se movieron con gran ímpetu, y con un clamor de guerra nos arrojamos todos como un enjambre de hormigas contra la parte superior de las murallas. Aterrada, la guarnición se dio a la fuga y nosotros los perseguimos entre gritos de victoria. ¡Jargeau era nuestro!
El conde de Suffolk fue cercado y rodeado por los nuestros, hasta que el duque D’Alençon y el Bastardo de Orleáns le pidieron que se rindiese. Orgulloso aristócrata y de rancia familia, se negó a entregar su espada a unos subordinados y rugió:
—¡Antes moriré! Sólo me rendiré a la Doncella de Orleáns, a nadie más.