Juana de Arco

Juana de Arco

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—Pero ¡cómo podéis decir tales cosas, Juana, si a vuestro alrededor llovían mortíferas balas de cañón!

Juana lo tomó a broma e intentó cambiar de conversación, pero Catalina insistía:

—Aquello era enormemente peligroso y tal vez no hacía falta permanecer precisamente en ese lugar. Pero, además, es que os pusisteis al frente de los soldados que se lanzaron al asalto, y eso es tentar a la Providencia divina. Os ruego que me prometáis una cosa: que dejéis a otros dirigir los asaltos y os pongáis a salvo mientras duran esas horribles batallas. ¿Lo haréis?

Juana se resistía a dar su palabra, de modo que Catalina permaneció triste y desolada. Un poco después, volvió a hablar:

—Juana, ¿siempre seréis un soldado? Estas guerras me resultan tan largas… Duran una eternidad…

Un chispazo de alegría brilló en los ojos de Juana, que dijo:

—Dentro de cuatro días, la parte más dura de esta campaña habrá terminado. El resto será mucho más fácil y menos sangriento. Sí, ¡al cabo de cuatro días caerá en manos de Francia un nuevo trofeo, tan maravilloso como la liberación de Orleáns! Este será el segundo paso decisivo en el camino de la libertad…


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