Juana de Arco

Juana de Arco

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—En nombre de Dios, ¿qué esperabais, caballeros? Vamos a derrotar a los ingleses y lo haremos. No escaparán. ¡Aunque se colgaran de las nubes los alcanzaríamos!

Poco después llegamos a la vista de Patay, a una milla de distancia, aproximadamente. Entonces, nuestras avanzadas, escondidas entre la maleza, espantaron un ciervo, que saltó hacia adelante y escapó. Enseguida se oyó un gran alboroto en dirección a Patay. Eran los soldados ingleses, que hambrientos y cansados de la dieta escasa de los últimos días, se mostraron felices al vislumbrar la posibilidad de comer carne fresca, pero también denunciaron su posición ante los franceses, que se apresuraron a enviar la noticia a Juana. En nuestro campamento la recibimos con gran alegría. D’Alençon dijo:

—¡Magnífico! ¡Ya los tenemos! ¿Nos lanzamos sobre ellos?

—¿Qué tal son vuestras espuelas, Duque? —preguntó Juana.

—¿Por qué lo preguntáis, Excelencia? ¿Es que los ingleses nos van a hacer correr?

—Nenni, en nom de Dieu[3]. Los ingleses están perdidos. Huirán. Pero quien los alcance necesitará buenas espuelas. ¡Adelante! ¡Al ataque!


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