Juana de Arco
Juana de Arco No les quedó más remedio que aguardar la señal, ansiosos por intervenir. Pero Juana se mantuvo firme, observando el terreno y valorando posiciones, distancias y fuerzas. Toda su capacidad de concentración estaba tensa, su cerebro, claro y su gesto, alerta. Pero tranquila y siempre dueña de sí misma, dominando la situación. A lo lejos, con las plumas de los yelmos al viento, continuaba su carga salvaje la cuadrilla de demonios de La Hire, con su figura grandiosa dominando a sus hombres y la poderosa espada extendida en el aire, como el asta de una bandera.
—¡Oh! Ved a esos diablos cómo se lanzan —murmuró uno de los presentes con admiración.
Y La Hire cargaba contra los impetuosos caballeros de Fastolfe. Por fin, entraron en contacto y rompieron el orden en las filas inglesas. El tremendo espectáculo hizo saltar en sus monturas al duque y al Bastardo. Se volvieron a Juana, excitados, para pedirle:
—¿Ahora?
Ella levantó la mano, sin dejar de mirar al campo de batalla, midiendo y calculando con asombrosa precisión los tiempos, y les calmó:
—Aguardad… todavía no…