Juana de Arco
Juana de Arco Los caballeros de Fastolfe, acosados por los nuestros, se precipitaron en avalancha contra la vanguardia a la que debían auxiliar. Los arqueros y piqueros, al ver así a la caballería, creyeron que huían ante la presencia de la Doncella y, aterrorizados, rompieron la formación; presas del pánico, escaparon en desbandada, mientras sir Talbot los perseguía entre maldiciones y rugidos de ira.
Entonces llegó el ansiado momento. Juana picó espuelas y dio la orden de avance con un vivo movimiento de la espada.
—¡Seguidme todos! —gritó.
Agachó la cabeza sobre el cuello de su cabalgadura y se lanzó rauda como el viento sobre el enemigo. Trabamos cruento combate. Durante horas, cargamos, una y otra vez, contra las fuerzas inglesas, a las que infringimos sangriento castigo. Finalmente, los clarines tocaron la orden de ¡Alto!
Habíamos ganado la batalla de Patay.
Juana de Arco desmontó para contemplar aquel campo desolado, sumida en profundas meditaciones. Luego, habló con voz grave:
—Alabado sea Dios. Él ha golpeado con mano dura en el día de hoy.
Después, levantó la mirada hacia lo lejos y añadió, como pensando en alto: