Juana de Arco
Juana de Arco Nos dirigimos después hacia los pabellones del Rey, en la residencia del palacio arzobispal de la región, y cuando lo instalamos en él, de nuevo volvimos a ocupar el puesto a la cabeza del ejército. De los más apartados rincones del país llegaban multitud de gentes, que se apretaban a los dos lados del camino para contemplar de cerca a la Doncella. La caravana discurría ahora por una llanura tapizada de hierba. Los campesinos se extendían a través del césped como un cinturón multicolor, pues las muchachas jóvenes iban ataviadas con camisas blancas y faldas rojas, formando un tapiz de amapolas y lirios en continuo movimiento a nuestro alrededor. Nos abrían una estrecha calle, semejante a las que ya estábamos acostumbrados durante aquellos venturosos días. Las flores humanas que adornaban esa calle no se mantenían rígidas ni envaradas a nuestro paso, sino que se inclinaban, con las manos y las caras elevadas hacia Juana de Arco, entre lágrimas de agradecimiento. Los más próximos a ella abrazaban sus pies o acercaban sus húmedas mejillas para besarlos. No recuerdo ni una sola persona que permaneciera de pie mientras ella pasaba, ni un solo hombre con la cabeza cubierta en su cercanía. Más tarde, en el transcurso del Proceso contra Juana de Arco, estos conmovedores episodios fueron esgrimidos por sus enemigos para acusarla de haberse fomentado culto de adoración en el pueblo, incurriendo, por tanto, en herejía, tal como reclamaba el inicuo Tribunal.