Juana de Arco
Juana de Arco Juana cabalgaba en su caballo negro, con D’Alençon y su escolta personal agrupada en torno a ella, que se dirigió a su puesto para el desfile final y la despedida, puesto que ella no esperaba volver a ejercer el oficio de soldado jamás, ni volver a luchar junto a los soldados una vez terminada aquella jornada. Sus hombres lo sabÃan y eran conscientes de que estaban observando por última vez el aniñado rostro de su jefecito invencible, su orgullo, la mujer sublimada, su preferida, a la que dedicaban en su corazón nombres llenos de ternura, tales como «Hija de Dios», «Salvadora de Francia», «Novia de la victoria», «Paje de Cristo», y otros tÃtulos por el estilo, impregnados de cariño, como los que los hombres suelen dedicar a sus hijos queridos. Las grandes emociones sentidas por los soldados quedaron reflejadas, no en el ruido de tambores y músicas, sino en un tremendo silencio que recordaba la paz de los muertos, sólo interrumpido con el sordo roce de las pisadas rÃtmicas de las huestes en marcha. Los soldados, al pasar al lado de Juana, giraban la cabeza para dar la despedida a su general y mantenÃan sus ojos en ella mientras les era posible. Cada vez que Juana, sin poder ocultar la emoción, se llevaba el pañuelo a los ojos, era perceptible el estremecimiento que corrÃa por los rostros de los más veteranos. Un desfile victorioso suele ser un acontecimiento que exalta el ánimo y el corazón, pero aquél era de los que producen el efecto contrario.