Juana de Arco
Juana de Arco Se produjo entonces una gran ovación. Por todas partes gritos y aplausos dentro de la catedral, y fuera el clamor de las campanas alternaba con el tronar de los cañones. Las fantasías increíbles de la pequeña campesina se habían cumplido. El poderío inglés estaba ya quebrado y el heredero de la corona de Francia ya era, a los ojos de la nación, su verdadero Rey. Juana, arrodillada ante el Rey, lo miraba a través de las lágrimas que corrían por su rostro resplandeciente y transfigurado. Sus labios temblorosos pronunciaban las palabras con voz suave, tono bajo y sentida emoción:
—Ahora, noble Rey, ya se ha cumplido la voluntad de Dios, tal como Él la quería: Vos debíais ser coronado en Reims, según el derecho que os pertenece a vos, y a ningún otro. La misión que se me encomendó ya está acabada. Concededme permiso para volver junto a mi madre, pobre y anciana, que me necesita.
El Rey la levantó, y allí mismo, ante aquella muchedumbre, ensalzó sus hazañas y le confirmó los títulos de nobleza concedidos, igualando su rango al de un conde, no escatimando ningún elogio hacia ella:
—Habéis salvado la corona. Pedidme, exigidme lo que deseéis, cualquiera que sea la gracia, os la concederé, aunque se haya de empobrecer el reino para satisfaceros.
Al oír tales palabras, Juana cayó nuevamente de rodillas y dijo: