Juana de Arco

Juana de Arco

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El cortejo llegó a la zona reservada para la ceremonia, y dieron comienzo los actos de la coronación. Las solemnidades fueron largas y pausadas. Se sucedían las oraciones, rezos litúrgicos y homilías, como es propio de tales ocasiones. Juana permaneció junto al Rey durante aquellas horas, llevando el estandarte en la mano. Finalmente, el gran momento se aproximaba. Primero, el Rey prestó juramento y fue ungido con el sagrado óleo. Un ujier, seguido por varios ayudantes, se acercó despacio, con la corona de Francia reposando sobre un almohadón y, arrodillándose, la ofreció al Rey, que adelantó sus manos para tomarla. Por un momento, pareció vacilar. De hecho, vaciló, puesto que detuvo sus manos en el camino, situándolas sobre la corona como si dudara en aceptarla. Sin embargo, aquello sólo duró un instante. Luego, sus ojos se cruzaron con los ojos de Juana y ésta le miró expresando la inmensa alegría de su alma delicada y grande. El Rey sonrió y tomando la corona de Francia en las manos, con ademán señorial, la levantó y la puso en su cabeza.







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