Juana de Arco
Juana de Arco Por algunos momentos se hizo un silencio tan hondo como si los miles de personas se hubieran sumido en profundo sueño. El más leve ruido se escuchaba fácilmente, como el zumbido de los insectos que revoloteaban. De repente, estallaron los sones de cuatrocientas trompetas de plata, y luego, enmarcados por el arco de la puerta Oeste, aparecieron Juana de Arco y el Rey. Avanzaron lentamente entre aplausos y gritos, apenas suavizados por los acordes del órgano y el triunfal cántico de los coros. Detrás de los dos protagonistas, caminaba el Paladín con el estandarte levantado y expresión de felicidad en su cara, satisfecho al ver cómo la gente le señalaba y alababa el precioso traje que cubría su armadura. Junto a ellos iba el señor D’Albret, delegado del Condestable de Francia, portador de la «Espada de la Ceremonia». A continuación, por orden de rango, marchaba la corporación de la nobleza civil de Francia (Tremouille, tres príncipes de sangre real y los dos hermanos De Laval), y después los representantes de la nobleza eclesiástica (Arzobispo de Reims y los obispos de Laon, Chálons, Orleáns). Seguía el Estado Mayor del ejército, con nuestros grandes generales, despertando el entusiasmo de la multitud, que gritaba a su paso: ¡Viva el Bastardo de Orleáns! ¡Viva «el demonio» La Hire!