Juana de Arco
Juana de Arco Caminaron con solemnidad hasta alcanzar el coro, situado a unos cien pasos desde la puerta de entrada. Entonces, el arzobispo los despidió. Inclinaron sus cabezas con lentitud, rozando las plumas de los yelmos el cuello de sus cabalgaduras, y después maniobraron con tal habilidad, que obligaron a los caballos a regresar hasta la puerta, de espaldas. Luego, les hicieron levantarse de manos y, volviendo grupas, desaparecer a toda velocidad, fuera de la iglesia.