Juana de Arco

Juana de Arco

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Se detuvieron en la puerta de la abadía y se alinearon para recibir el sagrado pomo. Dentro se oyeron los sones del órgano y voces de hombres que entonaban cánticos. Luego, se vislumbró a través de la oscura nave de la iglesia una larga hilera de luces que se acercaba a la puerta principal. Llegó el abate con el frasquito de óleo, bajo palio, y lo puso en manos del arzobispo, tras las formalidades de rigor. La comitiva dio la vuelta y emprendió viaje de regreso entre el clamor de las gentes que, postradas en el suelo, rezaban reverentes al paso de un óleo traído del cielo.

La majestuosa comitiva se aproximó a la catedral de Reims por su gran puerta Oeste y, al entrar el arzobispo, se entonó el canto de la antífona que resonó por todo el recinto. La catedral se encontraba atestada de gente. Sólo en el centro de la nave quedaba reservado un espacio amplio donde se celebraría la coronación. El arzobispo y sus canónigos se dirigieron hacia aquel lugar, seguidos por los cinco nobles que formaban un grupo vistoso, con sus banderas feudales desplegadas y montados en sus espléndidas cabalgaduras. El espectáculo resultaba impresionante. Los caballeros marchaban por el centro de la iglesia, bajo las preciosas luces filtradas a través de las maravillosas vidrieras de la catedral. ¡Nunca vi nada más hermoso!


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