Juana de Arco

Juana de Arco

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Pronto se vio que el viajero no era un bribón, ni un pillo, en absoluto. Era un buen hombre, que había tenido mala suerte, cosa frecuente en la Francia de aquella época. Una vez demostrada la inocencia de su estómago, se le permitió ponerse cómodo, como si estuviera en su casa. Cuando su hambre estuvo satisfecha, el forastero habló sin trabas y demostró que era una persona de nobles sentimientos. Había hecho la guerra durante años, y las cosas que contó encendieron el patriotismo de los presentes y aceleraron el latir de los corazones. Sin saber cómo, con la magia de sus palabras, nos llevó a todos como en marcha triunfal recordando con calor las glorias de Francia. Escuchamos el paso de los Doce Pares levantarse de las sombras del pasado, y afrontar su destino, contemplamos el paso de la hueste enemiga galopando hacia ellos para apresarlos. Vimos aquella marea humana crecer y disminuir, lanzarse contra la pequeña partida de héroes. Después asistimos a su derrota, cayendo uno a uno, hasta la muerte del último, en escena patética, evocada por todos nosotros que permanecíamos sentados, con los labios entreabiertos y sin respiración, pendientes de las palabras de aquel hombre. Su relato nos dio una certera visión de la tremenda inmovilidad que reinaba en aquel campo de muerte, cuando pereció el último y pobre superviviente.

Y luego, en el solemne silencio que se produjo, el forastero acarició a Juana en la cabeza, y le dijo:


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