Juana de Arco
Juana de Arco —Doncellita, ¡a quien Dios guarde!, me habéis trasladado de la muerte a la vida esta noche. Ahora, escuchad. Aquí está vuestra recompensa.
Y entonces, elevó la voz más emocionada y noble que jamás habían oído y comenzó a entonar la «Canción de Roland».
Se puede imaginar la escena. Un grupo de franceses conmovidos y entusiastas. ¡Qué hermoso, extraordinario, resultaba aquel espectáculo, con el forastero allí en el centro, de pie, mientras el evocador canto fluía de sus labios y de su corazón, con todo su cuerpo transfigurado y sus harapos ennoblecidos!