Juana de Arco
Juana de Arco Mientras él cantaba, todos los asistentes se levantaron, con las caras resplandecientes y los ojos ardorosos. Al mismo tiempo las lágrimas surcaban sus mejillas y los cuerpos comenzaban a moverse inconscientemente al compás de la canción. Al llegar al último verso, cuando Roland yace moribundo, completamente solo, con el rostro en el suelo, y se quita el guantelete y lo ofrece a Dios con su mano desfalleciente, al mismo tiempo que murmura una hermosa plegaria con sus labios exangües, los asistentes estallaron en sollozos y lamentos. Y cuando cayó la última nota y terminó el cántico, se lanzaron todos como un solo hombre sobre el forastero, emocionados por su interpretación y orgullosos de la historia de Francia y de su pasada gloria, hasta el punto de ahogarlo con sus abrazos. Juana fue la primera en llegar, estrechándole contra ella con besos de agradecimiento por su hermosa canción.
Mientras, la tormenta continuaba en el exterior. Pero ya nada importaba. El forastero había encontrado su hogar, y lo sería durante todo el tiempo que él deseara permanecer en la casa.