Juana de Arco
Juana de Arco Juana se volvió hacia él y le contestó con voz grave: —No estamos en el confesonario, caballero. No hacía falta exponer en público un acto tan vergonzoso como el que nos contáis.
El rostro del Canciller enrojeció y exclamó:
—¿Vergüenza? ¿Y qué hay de vergonzoso en lo que he dicho?
Juana habló con el mismo tono serio y desapasionado: —No hacen falta muchas palabras para calificar esa acción. Aunque se ha procurado ocultármela, yo la conocía bien. Hacer las cosas a escondidas define a los inventores de la farsa. Y los define con dos términos muy claros.
El Canciller acentuó su aire suave e irónico:
—¿Cómo? ¿Muy claros? ¿Sería Vuestra Excelencia tan amable de pronunciarlos?
—¡Cobardía y traición!
En ese momento, los recios puños de los generales cayeron todos a la vez sobre la mesa, y volvieron a brillar de gozo los ojos del Rey. El Canciller se puso en pie de un salto y se dirigió al monarca:
—Señor, solicito vuestra protección.
El Rey hizo un leve gesto con la mano, indicándole tomara asiento: