Juana de Arco
Juana de Arco —¡Eso es un disparate! —cortó el Canciller, asustado al ver brillar el entusiasmo en los ojos del Rey—. ¿Marchar sobre ParÃs ahora, con todo el camino erizado de fortalezas inglesas?
—¡No me sirven de nada las fortalezas inglesas! —argumentó Juana—. ¿Qué ha sucedido estos últimos dÃas? ¿Hacia dónde caminábamos? ¿De qué estaba erizado el camino hasta Reims? Pues de fortalezas inglesas. Fortalezas que ahora ya son nuestras… y eso sin un solo ataque…
La interrumpió un cerrado aplauso de los generales, y tuvo que hacer una pausa hasta que se calmaron los entusiasmos. Juana prosiguió:
—SÃ, las plazas fuertes inglesas se alzaban ante nosotros, y ahora también se alzan, pero ya están a nuestras espaldas y son francesas. ¿Cuál es la conclusión? Hasta un niño puede verla. Y ahora hay otras fortalezas enemigas camino de ParÃs. Pero serán defendidas por los mismos soldados ingleses atemorizados y débiles que han sentido ya la pesada mano de Dios caer sobre ellos. ¡No tenemos otra alternativa que ponernos en marcha al instante y todas esas plazas serán nuestras, ParÃs caerá en nuestro poder, y toda Francia! Me basta una palabra, Majestad, ordenadle a vuestra servidora que…