Juana de Arco

Juana de Arco

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Siguiendo las costumbres de aquellos tiempos, el rescate de un príncipe real estaba fijado en la suma de 10 000 libras de oro, es decir, 61 125 francos. Si alguien la ofrecía no era nunca rechazada. Cauchon fue portador del encargo en nombre de los ingleses: diez mil libras por la Doncella. ¡Un rescate de príncipe real a cambio de la pobre campesina de Domrémy! Revela, curiosamente, lo importante que era para los ingleses. La cantidad fue aceptada: Juana de Arco, la Libertadora de Francia… ¡Vendida a sus enemigos, a los enemigos de su país! Los mismos que habían golpeado, arrasado y maltratado a Francia durante un siglo, convirtiendo el asunto en una especie de juego para entretener el ocio. Juana fue vendida por un aristócrata francés a un obispo francés, con la ingrata complicidad de un rey francés y de la nación francesa, que permanecieron en silencio.

Y… ella. ¿Qué dijo ella? Nada. Ni un reproche salió de sus labios. Era demasiado noble para algo así. Era Juana de Arco. Con eso queda todo dicho. Como soldado, su trayectoria resultaba intachable. En ese aspecto, nadie podía pedirle cuentas. Hacía falta buscar un pretexto y, como ya aclaré antes, lo encontraron. Sería juzgada por clérigos, acusada de crímenes contra la religión. Y si no se descubría ninguno, pues lo inventarían. Allí estaba el infame Cauchon para hacerlo.


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