Juana de Arco

Juana de Arco

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A pesar de su desánimo, cuando se enteró de que Compiègne había sido cercada y que sería, probablemente, conquistada y sus habitantes, hasta las mujeres y niños, pasados por las armas, según promesa de los sitiadores, hirvió su sangre en las venas. No pudo resistir la prisión y con las ropas de su cama preparó una soga, con la cual, esa misma noche, pudo abandonar su celda. En plena acción, la cuerda se rompió, quedando malherida en el suelo. Estuvo tres días sin conocimiento y no toleraba alimento alguno.

En esos momentos, llegaron a Compiègne los refuerzos del Conde de Vendôme, salvando a la ciudad del asedio. Aquello supuso un desastre para el duque de Borgoña, necesitado entonces de fuertes sumas de dinero. Era el momento de aumentar el precio por Juana de Arco. Los ingleses enviaron a cerrar el trato a un obispo francés, el infame Pierre Cauchon, de Beauvais. Si lograba éxito en su misión, el Arzobispado de Rouen sería suyo. Reclamó el derecho a presidir el proceso eclesiástico de Juana, alegando que el lugar donde fue apresada caía dentro de su diócesis.





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