Juana de Arco

Juana de Arco

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El duque de Borgoña escuchaba… a la espera de acontecimientos. No dudaba de que el Rey de Francia, o el pueblo unánime, aceptarían pagarle un precio más alto que los ingleses. Conservó a Juana incomunicada en una fortaleza segura y continuó aguardando semana tras semana. Como aristócrata francés, le avergonzaba un tanto venderla a los ingleses. A pesar de todo, no le llegó ninguna oferta del bando francés.

Juana mantenía vivo su carácter. Un día logró burlar a su carcelero, y no sólo se escurrió de la celda, sino que encerró dentro de ella al guardián. Quiso la mala fortuna que al escapar la viera un centinela y así, fue de nuevo apresada y conducida otra vez a la prisión. En vista del hecho, la condujeron al castillo de Beauvoir, todavía más seguro que el anterior. Los hechos ocurrieron en agosto, cuando Juana llevaba más de dos meses de cautiverio. Allí era celosamente custodiada, en un torreón de sesenta metros de altura. Durante unos tres meses, consumida por la impaciencia, alcanzó a comprender que los ingleses, amparados con el pretexto de la Iglesia, estaban comerciando con ella como si se tratara de un caballo o un esclavo. Se dio cuenta de que Francia guardaba silencio, que el Rey, guardaba silencio. Y también todos sus amigos. Sí, el espectáculo era lamentable.


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