Juana de Arco
Juana de Arco ¿Os imagináis lo que fue aquello? ¿Había salvación para una pobre niña sola y sin amigos? Sin amigos. Ese era el término exacto. La arrojaron a oscuro calabozo, custodiada por media docena de guardias brutales que la vigilaban día y noche sin perderla de vista en su jaula de hierros, encadenada por el cuello, manos y pies al catre que le servía de cama. A su lado, ni una sola persona amiga.
El que tomó prisionera a Juana fue un vasallo de Juan de Luxemburgo, el cual se la vendió al duque de Borgoña. A pesar de esta notable hazaña, tuvo la desvergüenza de ir a visitar a Juana en su jaula, acompañado por dos condes ingleses, Warwick y Stafford. Le ofrecieron la libertad si prometía no volver a combatir a los ingleses. Aunque Juana llevaba mucho tiempo en aquella jaula, conservaba íntegro su genio. Replicó a la oferta, con voz digna:
—En nombre de Dios, os burláis de mí. Sé que no tenéis ni autoridad ni deseos de hacer tal cosa.
Como le insistieran, Juana, impulsada por su espíritu noble, levantó las manos encadenadas y dejándolas caer con un chasquido, habló:
—Mirad estas argollas. Muestran que los ingleses van a matarme. Ellos piensan que al morir yo, lograrán dominar todo el reino de Francia. No será así. Aunque enviaran cientos de miles de ingleses, jamás lo podrían conseguir.