Juana de Arco
Juana de Arco Otras veces, las opiniones mostraban compasión y tristeza, y no siempre eran franceses. Los soldados ingleses temían a Juana, pero la admiraban también por sus grandes hazañas y su espíritu indomable.
A la mañana siguiente, Manchon y yo salimos muy temprano. A pesar de eso, cuando nos acercamos a la imponente fortaleza, se agolpaba la muchedumbre, creciente por momentos. La capilla estaba llena, salvo los espacios reservados a las autoridades o empleados y auxiliares del Proceso. Nos acomodamos en los lugares que estaban ya preparados. En un plano elevado se encontraba el obispo Cauchon, con vestiduras de gran gala. Junto a él, colocados en hileras, se situaban los jueces, ataviados con los mismos trajes que el Presidente del tribunal: cincuenta eminentes eclesiásticos, caras con aspecto inteligente, sabios, veteranos de la estrategia y de la casuística. Trampas mortales para ignorantes o tímidos. Al ver aquellos maestros de la esgrima verbal reunidos para dictar sentencia, y recordar que Juana se enfrentaría a ellos, en defensa de su honra y de su vida, sola y sin ayuda, me pregunté sobre el papel que jugaría allí la pobre aldeana de 19 años.
Un profundo desánimo embargó mi espíritu.