Juana de Arco
Juana de Arco Después, continuó hasta llegar al lugar señalado, subió al estrado y tomó asiento en el banquillo, recogiendo las cadenas sobre su regazo y ocultando las manos bajo los hierros. Luego, aguardó con total serenidad, hasta el punto de ser la única tranquila entre los asistentes, inquietos y agitados. Un fornido y atezado guardia inglés, que se encontraba custodiando la primera fila de ciudadanos espectadores, en posición de descanso, se puso rígido y levantó el brazo en atento y respetuoso saludo militar dirigido a Juana. Ella le sonrió amistosamente, devolviéndole el mismo saludo, gesto que produjo un breve aplauso de simpatía, que el juez reprimió severamente.
Iba a comenzar el célebre juicio conocido como «Gran Proceso». Allí estaban cincuenta sabios teólogos en contra de una iletrada. ¡Y sin nadie que le ayudara!
El juez procedió al resumen del caso, exponiendo los informes públicos y las sospechas aducidas. Luego, intimó a Juana a prestar juramento, de rodillas, de que respondería exactamente la verdad a todas las preguntas que se le hicieran. La inteligencia de Juana no descansaba. Comprendió que la promesa podría traerle complicaciones. Respondió diciendo:
—No juraré así, puesto que no sé lo que vais a preguntarme. Hay cosas que no puedo decir.