Juana de Arco

Juana de Arco

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Estas palabras soliviantaron al tribunal y despertó un torrente de exclamaciones furiosas. Juana no se inmutó. Cauchon levantó la voz para hablar, pero la cólera que le embargaba le impidió decir palabra. Al final, tronó:

—En el nombre de Nuestro Señor, os conmino a que simplifiquéis las formalidades, para bien de vuestra conciencia. ¡Jurad con la mano en los Evangelios que responderéis con verdad las preguntas que se os hagan!

Y, acto seguido, dejó caer su pesada mano sobre la mesa. Juana contestó con serenidad:

—En cuanto se refiera a mi familia, a mi infancia y a los hechos relativos a la misión al servicio del Rey, responderé de buen grado. Pero respecto a las revelaciones de Dios, mis Voces me prohíben confiarlas a nadie, salvo a mi Rey…

En ese momento, se reprodujeron los gritos de cólera, las amenazas e insultos. Hubo que esperar a que se calmaran los ánimos. Entonces, Juana volvió su rostro pálido, ahora levemente ruborizado, y terminó su frase:

—… ¡Y nunca revelaré estas cosas, ni aunque me cortéis la cabeza!


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