Juana de Arco
Juana de Arco Supongo que todos sabréis lo que es una discusión pública entre franceses. En un instante, jueces y magistrados agitaban los puños, puestos en pie, insultando a la acusada todos al mismo tiempo. Aquello duró unos minutos, pero como Juana continuaba con su gesto sereno, inalterable, su furia aumentaba hasta el paroxismo. En vista de eso, la joven con voz irónica y picara, dijo:
—Os ruego que habléis por turno, buenos caballeros, y así os atenderé a todos uno a uno.
Después de tres horas de agitadas polémicas en torno al problema del juramento, el incidente no terminaba. El obispo seguía en su empeño. Juana se negaba a obedecerle. El único cambio operado era de carácter físico: los jueces mostraban síntomas de ronquera y profundo abatimiento, ¡pobres hombres! Mientras tanto, Juana con cara plácida, no acusaba el cansancio. El ruido fue cesando. Luego, el juez se rindió ante la procesada, y con amargura, le concedió que prestara juramento a su voluntad. Juana se arrodilló inmediatamente, y al extender su mano sobre los Evangelios, el mismo guardia inglés, intervino en voz alta:
—Si esta muchacha fuera inglesa, no la tendríamos en un lugar como éste ni un momento más.