Juana de Arco

Juana de Arco

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El soldado que había en su interior reconoció al soldado valeroso que tenía enfrente. Pero sus palabras resultaban una crítica cruel contra el comportamiento de los franceses. Si aquellas palabras las hubieran podido escuchar en Orleáns, donde adoraban a Juana, estoy seguro de que todos, hombres y mujeres, se habrían lanzado a la conquista de Rouen. Algunas frases que nos avergüenzan, nos queman la conciencia y no las olvidamos. Aquella frase dañó mi espíritu para siempre.

Una vez que Juana prestó juramento, Cauchon le preguntó su nombre, detalles de su familia y del lugar donde nació. También quiso saber la edad que tenía. Ella respondió bien a todo, hasta los conocimientos que le enseñaron.

—Aprendí de mi madre el Padre Nuestro, al Ave María y el Credo. Todo lo que sé lo aprendí de mi madre.

Continuaron haciendo preguntas sin importancia. El tribunal acusaba cansancio, pero no así Juana. Decidieron levantar la sesión. Entonces Cauchon le prohibió cualquier intento de fuga, amenazándola con declararla culpable por herejía… ¡Valiente lógica! La joven respondió:

—Esa prohibición no la acepto. Si pudiera escapar, lo haría sin remordimientos, puesto que yo no he prometido eso, ni lo haré.


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