Juana de Arco
Juana de Arco Luego se quejó de las pesadas cadenas. Pidió que se las suprimieran por innecesarias, ya que su calabozo era seguro y estaba custodiado celosamente. El obispo se negó, alegando que ya había intentado escaparse dos veces. Juana no insistió más. Se puso de pie y, antes de abandonar la sala, añadió:
—Reconozco que deseo escapar, pero eso es un derecho de todo prisionero.
De este modo salió del estrado en medio de un silencio impresionante. ¡Qué presencia de ánimo tenía! No lograban desconcertarla. A Noel y a mí nos reconoció inmediatamente de sentarse en el banco. Nos pusimos rojos hasta los pelos, pero ella no movió ni un músculo, ni reveló nada. Nos miró muchas veces, pero nunca dio muestras externas de habernos visto. Otra persona se habría extrañado al vemos y eso nos hubiera causado dificultades… Acabada la sesión, nos volvimos a casa, sumidos en el dolor y sin decir palabra.