Juana de Arco
Juana de Arco —Ya he prestado juramento y con eso es suficiente.
El obispo gritó:
—¡Si os negáis a jurar os hacéis sospechosa!
—Ya está bien. Presté juramento. Con eso basta.
El obispo continuó empeñado en su propósito, y Juana sólo prometió exponer lo que ella sabía, pero no todo lo que sabía. Como el obispo no cejaba, la joven dijo con sencillez:
—Vengo de parte de Dios y no tengo nada más que hacer aquí. Si lo deseáis, enviadme otra vez a Él, que me ha enviado.
Fue dramático escucharla, pues, en realidad, estaba diciendo: «Como sólo queréis quitarme la vida, tomadla y dejadme en paz».
El obispo gritó de nuevo:
—Una vez más, os ordeno…
Juana le cortó con un tranquilo «Passez outre», y Cauchon se dio por vencido. Pero ofreció un acuerdo que la joven aceptó porque le resultaba favorable. Se trataba de una promesa de decir la verdad «en cuanto se refiera a los temas incluidos en el “Procès verbal”», con lo cual las preguntas se ceñirían a unos márgenes determinados, siguiendo un curso trazado. El obispo había cedido más de lo que pensaba y más de lo que, realmente, estaba dispuesto a cumplir.