Juana de Arco

Juana de Arco

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—Lo único que les dije, fue: ¡Arrojad a esos ingleses!, y me lancé la primera.

Aquel lenguaje valeroso enfurecía a los que actuaban como siervos de Inglaterra. Más de la mitad de los jueces, puestos en pie, bramaban injurias contra Juana. Ella no se inquietó lo más mínimo.

Por fin, se calmaron los ánimos y siguieron preguntando.

—¿No ordenasteis realizar pinturas e imágenes vuestras?

—No. En Arras vi una pintura que me representaba arrodillada y con armadura ante el Rey, entregándole una carta. Pero yo no la encargué.

—¿Se dijeron misas y oraciones en vuestro honor?

—Si tales cosas ocurrieron, no tuve nada que ver. Pero si rezaron por mí, ¿qué mal hubo en ello?

—¿El pueblo de Francia piensa que sois enviada del cielo?

—No lo puedo afirmar. Pero, lo crean o no, la verdad es la misma.

—Si os consideran enviada de Dios, ¿piensan acertadamente?

—Si lo creían, no se abusaba de su credulidad.

—¿Qué movía a las gentes a besaros las manos, los pies y las ropas?


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