Juana de Arco
Juana de Arco El tradicional conflicto volvió a discutirse con acritud. Juana continuó firme y así, las preguntas se dedicaron a las apariciones, a su ropaje, a su pelo, a su aspecto general, siempre con la esperanza de sorprenderla en alguna contradicción. No lograron sus fines.
El tema de los vestidos masculinos volvió a salir a colación, con ciertas diferencias:
—¿No os pidieron nunca el Rey o la Reina que dejarais de usar atuendos propios de hombres?
—Eso no se encuentra en el «procès».
—¿Hubierais cometido pecado con ropajes propios de vuestro sexo?
—Hice lo adecuado para servir y obedecer a mi Dueño y Señor.
Después se suscitó el tema del estandarte, por ver si le encontraban indicios de brujería.
—¿Vuestros soldados no copiaban en sus banderines ese estandarte?
—Los lanceros, sí. Fue idea de ellos, y así se les distinguía del resto de las fuerzas.
—¿Los renovaban con frecuencia?
—Cuando se rompían las lanzas, confeccionaban nuevos banderines.
—¿Y no hicisteis creer a los soldados que sus banderas les traerían suerte si imitaban las vuestras?
Juana se indignó ante las intenciones de la pregunta; puesta en pie, dijo con tono fogoso: