Juana de Arco

Juana de Arco

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Según los cálculos, dos horas hubieran sido suficientes para confundir a la acusada, derrotarla hasta la desesperación y probar ampliamente su culpabilidad. Pero se equivocaron. Las horas se convirtieron en días, la escaramuza resultaba un asedio, lo sencillo, muy difícil, la víctima, en lugar de una pluma estaba firme como la roca, y como final de todo, la única que allí reía era la aldeana, y no el tribunal. Y no es que se riera Juana, no era su carácter, pero otros lo hacían por ella. La ciudad entera se burlaba por dentro. El tribunal lo sabía, y empezaba a indignarse por el ridículo. En estas condiciones, aquella sesión resultó borrascosa. Los jueces se mostraron desde el principio decididos a terminar el asunto por la vía rápida. Desencadenaron la guerra con ferocidad. No encargaron a un inquisidor la dirección de las preguntas, sino que todos, al mismo tiempo, multiplicaban las suyas en desorden. Tanto, que, algunas veces, Juana les rogaba que hablaran uno a uno y no en grupo. El comienzo fue como siempre:

—Se os requiere una vez más para que juréis contestar con verdad todas las preguntas.

—Responderé los asuntos incluidos en el «procès verbal». Sobre todo lo demás, yo lo decidiré.


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