Juana de Arco
Juana de Arco —SÃ, puesto que verÃa en ello la voluntad del Señor. El refrán se refiere a lo que Dios no dice: «Ayúdate y te ayudaré». Pero sin permiso, no me irÃa.
Quizá en ese momento pudo pasar por la mente de Juana la misma idea de su liberación que tenÃamos Noel y yo: un rescate logrado en acción de guerra por sus antiguos camaradas. Tal vez fue sólo un pensamiento fugaz, desvanecido rápidamente. Al escuchar una de las malvadas insinuaciones de Cauchon, Juana le afeó su conducta, advirtiéndole que estaba corriendo un serio peligro por su actitud.
—¿Qué clase de peligro?
—No lo sé. Santa Catalina me ha prometido ayuda, pero ignoro cómo será. No estoy segura de si me liberarán en la prisión, o si ocurrirá cuando me enviéis al suplicio. PodrÃa suceder cualquiera de las dos cosas, pero no lo veo claro… —hizo una pausa—. Pero lo que sà me han revelado mis Voces ya, es que mi libertad vendrá precedida de una gran victoria —de nuevo se detuvo, como reflexionando—. Y siempre me repiten: «Acepta lo que viniere. No te asuste el martirio. Gracias a él subirás a tomar posesión del reino en el ParaÃso».